Kati era una mujer trabajadora.
Kati tambien estaba harta, pero era una mujer trabajadora, como lo fue su madre y su abuela antes que su madre. Demasiadas generaciones de madres trabajadores corrían por sus venas. Y eso pesaba mucho.
Se levantaba a las siete cada día, hacía el desayuno a su marido, luego preparaba la ropa y el bocadillo a su hijo de ocho años para el colegio, y por último se preparaba ella.
Cuando todo estaba en orden, salía a limpiar el piso de un viejo y tambien al viejo. Con esto conseguía 600 pavos extra para llegar a final de mes. Se pasaba allí cinco horas, hasta la una. Luego iba corriendo a su casa a preparar la comida para su hijo y su marido que llevaba tres meses en el paro y limpiar lo que podía. A las tres volvía a cuidar del viejo y salía a las siete de la tarde.
Cada día era igual. Y lo único que hacía era añadir nuevos eslabones a su cadena.
Pero Kati estaba harta.
Aquella noche, Sebastian estaba serio. Sebastian era su marido. Era un tipo raro. Alto, grueso. Con la cabeza redonda y los ojos redondos, incluso su nariz y sus orejas eran redondas. Todo en él parecía redondo.
Kati había preparado la cena. Chuletas de cerdo con puré de patatas. Puso la mesa y sirvió.
Sebastian estaba silencioso. Llevaba silencioso toda la tarde. Kati estaba tensa. Se ponía tensa siempre que Sebastian estaba silencioso.
Se sentaron a la mesa y comenzaron a cenar. Pronto explotó el misíl.
- ¿QUÉ CLASE DE BAZOFIA ES ESTA? - gritó de pronto Sebastian
Las chuletas estaban algo quemadas para el gusto de él.
- Están solo un poco pasadas, ¡cariño¡ - dijo ella con voz suave
Ella tenía un pelo bonito, pelirrojo, algo ondulado. Le llegaba hasta la cintura. Era resultona, delicada y sin mucho pecho. No era una miss pero era atractiva.
- ¡ESTO NO HAY QUIEN SE LO TRAGUE¡ - chilló él
Cojió la carne y la tiró al plato donde estaban las otras chuletas. Apartó su plato de un manotazo.
- ¡Te puedo preparar otra cosa ¡ - dijo Kati
- ¡ NO QUIERO NADA¡
Se sirvió un buen vaso de vino. Lo engulló.
Silencio
Kati y el hijo comían en silencio. Sebastian volvió a llenar su vaso. Era un vino barato.
Lo tragó. No apartaba la mirada de su mujer.
Sebastian se levantó y paseó por la cocina. Se oía el tic-tac de la bomba en su interior.
Kati no levantaba la vista del plato. Miraba de reojo a su hijo que comía nervioso.
Oían sus pasos. Se mezclaban con los sonidos de los cubiertos sobre el plato.
- ¿Quién era el tipo del supermercado? - preguntó finalmente
Ella levantó la vista sorprendida
- ¿Qué tipo del supermercado, cariño?
- ¡NO TE HAGAS LA TONTA CONMIGO¡ -chilló
- ¡No se de qué me estás hablando¡
- ¡Tengo amigos que te han visto¡
- ¿Qué han visto, cariño? - su corazón amenazaba con escapar por su boca
- Te han visto hablando con un tipo moreno, ¿QUIÉN ES?
- ¡No lo sé¡ Tal vez alguien me habló, pero no conozco a nadie, ¡de verdad, cariño¡
Sebastian dió dos pasos hasta ponerse a su lado. Era una cocina muy pequeña pintada de verde sucio.
- ¡NI SE TE OCURRA MENTIRME¡ - Dijo levantando la mano
Ella se acurrucó instintivamente.
- Sebastian, no conozco a nadie del supermercado - dijo ella lentamente
El volvió a alejarse al otro extremo de la cocina. Era obvio que quería creerla. Le hubiera gustado no saber nada, que todo fuera mentira, pero la habían visto. La habían visto hablando con un tío, a ella,¡ A SU MUJER¡. Y sus amigos no le mentirían. No con cosas como esta. Estuvo guardando su rabia unos segundos. Cabilaba. No era un hombre que cabilara mucho por naturaleza, pero ahora lo hacía y Kati casi podía oirlo.
Se veía el dolor y la rabia en las muecas que hacía.
Kati odiaba a Sebastian. Llevaba años odiándolo, silenciosamente, por debajo de su piel.
Al principio solo era resentimiento. Pero ahora lo odiaba con todas sus fuerzas. Odiaba cómo comía, odiaba cómo caminaba, odiaba cómo le quedaban los pantalones, su olor y su pelo, incluso el sonido qué hacía cuando se rescaba. Había desperdiciado su vida. Se había casado con él a los veintiuno y pronto se dió cuenta que se equivocó. Llegó el niño y su vida se convirtió en una condena. Solo tenía treinta, pero se sentía como su madre. Vieja.
Era cierto que aquél chico moreno le habló en el supermercado. Era atractivo.
Llevaba varias semanas mirándola cuando compraban. A ella le gustaba, le gustaban sus ojos, su pelo, cómo se movía... pero estaba casada, mal casada, pero era una mujer legal. Nunca se le pasó por la mente engañar a su marido. Le preguntó su nombre un día, pero ella ni siquiera se lo dió. Le dijo que no sabría pronunciarlo.
Llevaban varias semanas coincidiendo en el super a la salida de su trabajo, antes de ir a preparar la comida para su familia. Tal vez él hacía coincidir su horario con el de ella. Kati se había acostumbrado a él. Disfrutaba con esos poco minutos de miradas en la cola de las cajas. El la sonreía. Le hacía sentirse joven y atractiva.
Sebastian solo era un pedazo de carne, de carne redonda. Solo quería su ración nocturna antes de dormir, o al despertarse por las mañanas. Odiaba aquello.
En cambio, con aquél había eléctricidad. Y ni siquiera sabía su nombre. A veces él le decía que la invitaba a un café o que adoraba su cabello rojizo. Frases fugazes a media voz entre la sección de carnes y la de pescados, pero ella se hacía la tonta. Pero le gustaba. Le gustaba de verdad aquello.
Y ahora su marido se había enterado de eso. Y ni siquiera le había dado su nombre.
- ¡MATARÉ A ESE TIPO¡ - Soltó Sebastian
Se llenó otro vaso de vino. Se lo metió dentro
- ¡MATARÉ A ESE TIPO¡ - volvió a decir dejando el vaso en la mesa con violencia
- No conozco a nadie, de verdad, cariño - protestó ella debílmente
-¡ Carlo¡ ¡VETE A TU CUARTO¡ - Carlo era su hijo. Dejó su plato a medias, se limpió la boca y se levantó. Caminó con la cabeza gacha hasta su cuarto. Cerró su puerta y se metió debajo de la almohada. Le hubiera gustado ser un pájaro o una rata o lo que fuera para escapar de allí. Odiaba a su padre, aunque tambien le quería. Pero odiaba. En realidad no tenía claro el qué, pero había un gran odio en su interior.
A veces soñaba con matar a su padre. Era su secreto.
En la cocina el espectáculo debía continuar.
- Dime la verdad, cariño, y no pasará nada - Sebastian cambió el tono
Ella no tenía nada que ocultar, pero se sentía como si fuera un pendón. No sabía que hacer y se quedó en silencio con la cabeza gacha.
Jugueteaba con el tenedor en el plato.
Sebastian continuaba paseando y bebiendo vino. No era un gran vino, pero no estaba para pequeños detalles.
Se acercó a ella de nuevo
- ¡Dime la verdad¡ No pasará nada - su voz temblaba
Ella levantó la vista y decidió hablar. No había echo nada malo
- Hay un chico que me saluda a veces en el super, pero no le conozco
- ¿Y tú le hablas? - preguntó él controlando la voz
- A veces le digo "hola", pero ni siquiera conozco su nombre
Sebastian volvió a pasear. Tenía una expresión triunfante en el rostro. Se pasaba las manos por su cabeza redonda. Sudaba de indignación.
- No hace falta que conozcas su nombre - dijo él volviendose hacia ella - ¡NO HACE FALTA CONOCER SU NOMBRE PARA HACER COSAS¡ - Chilló al final
-¡ YO NO QUIERO HACER COSAS¡ - Ella estaba indignada - ¡ME PREGUNTÓ MI NOMBRE Y NI SIQUIERA SE LO DÍ¡
- ¡ LE MATARÉ ¡ Y A TI, ZORRA¡¡ ¡¡ NADIE ME JODE¡¡ - Sebastian golpeó la pared con la mano abierta - ¡ NADIE ME JODE A MI¡
Ella comenzó a sollozar. Se había levantado pero se dejó caer de nuevo en la silla. Odiaba todo aquello. Era humillante y no le encontraba el sentido.
- ¡ ME HAS MENTIDO, PUTA ¡ ¡ME HAS MENTIDO CON ESTO... SEGURO QUE ME HAS MENTIDO SIEMPRE¡
- ¡No te he mentido¡ - Sollozaba
- ¡TE HAN VISTO¡ Y ES CIERTO LO DEL TIPO... ¡ERES UNA ZORRA TRAICIONERA¡
Sebastian la cojio por su precioso pelo rojizo. La levantó y le cruzó la cara con el reves de su mano. Sebastian siempre se enorgullecía de sus grandes manos de albañil. A veces jugaba a hacer pulsos con Carlo.
Kati calló al suelo con la nariz ensangrentada. La volvió a levantar como se levanta a los gatos.
Kati lloraba y pedía perdón. No sabía porqué, pero pedía perdón.
- ¡ NO PUEDES HACERME ESO, ZORRA¡
Y volvió a cruzarle la cara. Esta vez hubo sonido de huesos rotos en su nariz. La sangre estaba por todo el suelo. No era un suelo bonito, baldosas desniveladas y algunas sueltas de color amarillento, pero la sangre corría bien por ahí. La sangre siempre busca las ranuras.
Kati perdió el sentido y perder el sentido no era ni mucho menos lo peor que podía perder.
Sebastian siguió gritándole. Pero ella ya no oía.
Su pelo era rojo como el fuego y estaba allí desparramado como un abanico, sobre el suelo. A Sebastian siempre le había gustado el pelo de su mujer. Lo que no le gustaba es que a otro le gustara el pelo de su mujer.
Se quedó contemplando en silencio su obra maestra. Hubo un pequeño amago de ternura y de arrepentimiento, pero pronto lo ahogó. La culpa no era suya, era de la zorra de su mujer.
La miró unos segundos más. Luego recojió su cazadora de poliester negra, se la puso y se dirigió a la salida.
Abrió la puerta y salió. No dió un portazo. Necesitaba ver a alguien comprensivo.
Carlo oyó como su padre se iba. Luego salió de puntillas de su habitación. Se dirigió despacio a la cocina. Imaginaba lo que se encontraría, pero temblaba de miedo... y de ira.
-¡ Mami¡ ¡ Mami¡ ¿ Estás bien? - corrió a ella
Se acercó a su mami. Se agachó. Ya estaba consciente. Kati se incorporó tratando de ocultar todo el estropicio, pero aquello no había forma de esconderlo.
Se levantó y abrazó a su hijo. Manchó el pijama de Carlo de rojo intenso.
Hizo que se cambiara rápido y lo metió en la labadora.
Luego se fué al cuarto de baño a limpiarse.
Tendría que estar presentable para el día siguiente.
sábado, 13 de diciembre de 2008
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