Tomás salió de casa dando un portazo.
La discusión de hoy con su mujer fué bastante fuerte. Cada vez eran más fuertes y frecuentes. Su matrimonio era como un avión al que hubiran volado un motor en pleno vuelo.
Tomás no sabía bien porqué. Cuando acababan de discutir, rara vez sabía qué era lo que él defendía y de qué se defendía. ¿Hoy porqué había sido? ¿Por dejar los calzoncillos tirados o tal vez por haber olvidado comprar algo? Más bien por los calzoncillos, o eso creía haber entendido esta vez.
Tomás estaba cansado. Cansado por la jornada de trabajo, cansado de madrugar, cansado de su vida monótona, cansado de su jefe y cansado de las discusiones. Lo único que quería era llegar a su casa y repantingarse en su sofá. Pero Amanda estaba a la que salta, como un perro guardian, o quizá como una avispa zumbadora a punto de tirarse en picado sobre su presa.
Amanda estaba pasando por un mal momento, se pasaba el día en casa, sin trabajo, sin amigos, sin nada que hacer excepto limpiar y limpiar y cuidar del bebé y volver a limpiar, pero aquellas batallas diarias acababan rindiendo a un hombre.
Solo había podido estar en casa 20 minutos... los 20 minutos que duró la discusión.
Tomás se dirigió a su coche. Subió y se quedó unos segundos pensando. Estaba cabreado.
Le dolía la cabeza y tenía muchas ganas de mear. Ni siquiera había podido mear en su casa.
Miró el reloj de la radio. Las 7 y 21 de la tarde. Su horario de trabajo eras de 8 a 2 y de 4 a 6.
Pero por lo que a él concernía, era como si estuviera en el trabajo... o peor aún, haciendo horas extra sin cobrarlas.
Metió la llave, arrancó y se fué.
Llegó al puerto. Le gustaba ir a ver el mar y los barcos. Le transmitían cierta calma, le relajaban. Aparcó el coche junto al paseo. El paseo estaba a un nivel más alto que la carretera, encima del malecón. Bajó y se encaminó despacio hacia allí.
Buscó un sitio solitario y echó su meada. Ya se sentía mejor. Vió unas rocas. Fué hacia ellas y se acomodó en ellas. Serían su sofá. Serían inclusor mejor que su sofá.
El sol estaba bajando, pero sus rayos eran aún cálidos. El olor del mar y la música de las olas le reconfortó. Era sin lugar a dudas, lo mejor que le habia pasado a Tomás en el día.
¿Porqué todo resultaba tan difícil?
Las gaviotas berreaban a su alrededor, hacían cabriolas, comían pescado fresco y cagaban. Sobre todo cagaban. Se las veía satisfechas de la vida. Ellas conocían el secreto. Le hubiera gustado ser una gaviota. Una gaviota macho preocupado sólo por pescar, cagar y perpetuar la especie.
Pensó en Amanda. Era una buena chica, varios años mayor que él, pero generalmente se llevaban bien. Claro que tenían sus diferencias. Pero básicamente se lo pasaban bien, y eso ya era bastante.
Llevaban un par de años viviendo juntos, después de varios saliendo, pero últimamente la cosa se iba de las manos... aquello parecía un infierno. Continuas discusiones y batallas. Luego él se iba con un portazo y a las dos horas aparecía para hacer las paces. A él no le importaba volver y hacer las paces. El amaba a su mujer. Solo que estaba cansado de aquello. No entendía el porqué de aquellas peleas.
Tomás sacó una petaca de su bolsillo. Echó un buen trago y dejó que los rayos le pasaran por encima.
¡Qué fácil resultaba a veces conseguir un poco de paz¡
Cerró los ojos. Empezó a ver colores, rojos, amarillos, azúles... según los cerrara con más o menos intensidad. Se distrajo unos minutos con eso.
Oyó ruido. Abrió los ojos y le costó un poco acostumbrarse a la claridad. Había alguien con él.
Al fin pudo ver claramente. Era una vieja, una vieja vestida con un vestido horrible. Era como si hubiera cojido un saco, le hubiera abierto un agujero en un extremo y se hubiera metido dentro.
Llevaba unas parduscas sandalias casi sin suelas, parecía que hubiera dado mil veces la vuelta al mundo con ellas. Llevaba un calcetín de cada color debajo y montones de anillos y collares con cruzes en el cuello. Parecía gitana. Más bien era gitana.
- Yo leo tu mano - soltó
Tomás la miró sorprendido.
Tal vez nunca se había bañado la vieja, pensó.
Tenía la piel de la cara impregnada en una capa verdusca y un bigote que ya querrían muchos adolescentes para ellos. Su cara era huesuda, surcada por millones de arrugas. Era una repelente ciruela pasa.
- ¡Yo leo tu mano¡ - le cojió la mano
- ¡ No, no ¡
- Yo leo tu mano por una moneda - su voz era ronca. Era una gitana de Europa del este.
Tomás apartó su mano y miró hacia los lados. No había nadie cerca. ¿De dónde habría salido?
- Yo leo tu mano - Se la volvió a cojer
Tomás pensó en levantarse e irse, pero estaba realmente a gusto en su sofá de piedra.
- Está bien, léame la mano... ¡pero rápido¡
La gitana le estudió la mano. Le pasó una uña larga y negruzca por las rayas de la mano. Las manos de Tomás eran unas manos finas. Las chicas le decían que tenía unas manos delicadas. Y era bastante cierto... para ser un obrero que trabajaba con ellas.
La vieja continuó con lo suyo. Abría y cerraba los ojos, como viendo o sintiendo "cosas".
Ellas siempre ven y sienten "cosas"
- Tienes linea de vida corta... ¡muy corta¡ - le espetó
- ¿ Ah, si ? ¿Cómo de corta? Espero que pueda solucionar antes algunos problemas - bromeó
- Tienes linea de vida muyyyy corta - repitió - ¡ Da moneda ¡
Tomás retiró su mano y la miró durante unos segundos. Se levantó y sacó un pavo. Se lo dió.
Dinero fácil, pensó
La vieja se levantó de su lado y le dejó una ramita de algo. Tomás no sabía de qué era pero la cojió y la olió. Era un olor agradable. La dejó al lado en la roca.
La vieja desapareció.
Tomás se miró la mano. Solo veía rayas grandes en forma de "M" y otras más pequeñas.
- Así que tengo la linea de la vida muy corta, ¿eh? - se dijo
Llevó la mano de nuevo al bolsillo de la chaqueta y sacó la petaca. Bebió un buen trago a su salud.¡Por su corta vida¡
La guardó y volvió a cerrar los ojos. El sol había bajado bastante. El cielo estaba encendido de rojo y pronto se iría con su luz. Decidió disfrutarlo.
Con los ojos cerrados jugueteó con los colores otra vez, esta vez eran algo más oscuros. Rojos oscuros, amarillos oscuros y azúles oscuros. Pasaron unos minutos.
Oyó ruido de nuevo. Abrió los ojos y tuvo que acostumbrarse a la luz durante unos instantes.
Eran tres tíos. Tres tíos con malas pintas.
Tomás se levantó.
Le rodeaban. Eran tres chicos, no tendrían más de 20 o 22 años. El que parecía llevar la voz cantante sacó una navaja de ocho dedos, algo sucia y oxidada y habló.
Tomás se puso tenso
- Darnos cartera - parecían de Europa del este
- ¡No tengo dinero¡ - retrocedió Tomás
- ¡Darnos cartera¡ - volvió a decir.
Era un crío alto, delgado, de grandes ojos azúles, el cabrón tenía unos bonitos ojos azúles. Tenía el pelo corto por delante y una pequeña y descuidada melenilla por detrás. Se le veía bastante inclenque. Los otros dos parecían clones suyos, aunque sus ojos no brillaban tanto ni eran tan azúles, tal vez por eso el jefe era el otro.
Todos llevaban anillos y collares relucientes. Seguro que no eran oro.
- ¡No tengo dinero, chicos, de veras¡ Solo unas pocas monedas - y metió las manos en los bolsillos del pantalón
Tomás sacó toda su chatarra.
A los chicos no les gustó aquello. Al menos al jefecillo. Los otros miraban al lider encojiéndose de hombros.
Tomás les ofreció sus monedas algo asustado. No parecía que ese fuera su mejor día. Debería estar tirado en el sofá de su casa bebiendo una cerveza o limpiando la mierda al bebé. Pensó en Amanda.
El jefe miró las monedas y le dió un manotazo tirándolas entre las rocas. Parece que no era el botín que esperaba.
Tomás buscaba alguien a quién pedir auxilio con la mirada, pero allí no había más que gaviotas y ellos y las gaviotas no estaban por la labor.
Ellos parecieron confusos durante unos instantes. Discutían entre sí.
- ¡Dejad que me vaya¡ - dijo Tomás
Y comenzó a alejarse lentamente. Ellos se quedaron un instante quietos, pero pronto el lider saltó a su lado de una zancada. Se le veía algo contrariado. Tal vez necesitaba algún gesto de fuerza para mantener su liderazgo en la banda. Sus bonitos ojos azúles tal vez no fueran suficiente.
Cojió a Tomás por el pelo, por detrás y le puso la hoja de la navaja en el cuello.
Tomás sintió una punzada de adrenalina en el pecho y luego en la nuca y por fin en las piernas. Casi no le sostenían...las piernas
El otro le hablaba, pero no entendía nada. No conocía su idioma. Solo le olía. Olía su ropa, olía su piel y olía su aliento. Odiaba su olor. No parecía que les gustase mucho el agua.
De pronto Tomás, sin saber bien como, le clavó el codo en el vientre al tipo. El otro, dolorido, soltó su presa. Tomás se puso frente a él. Solo era un niñato. Le dió un puñetazo en la jeta. El jefe cayó todo lo largo que era soltando la navaja.
- ¡Venid y os partiré el cuello a vosotros tambien¡ - gritó
Los otros se quedaron quietos un par de segundos. Su caudillo había caído, aunque se incorporaba ya con la cara llena de sangre. Les gritó algo a sus colegas.
Estos sacaron como de mala gana sus navajas. Las blandieron contra Tomás.
Despacio, el lider recuperó su arma, se levantó y tomó el mando.
Le rodearon.
Tomás estaba en posición de ataque, tenso, con los puños preparados para romper narizes o dientes a la primera oportunidad. Miraba de uno a otro. Debían de ser hermanos, o tal vez primos, por lo mucho que se parecían.
Saltó el primero contra él. Logró apartarse y pegarle con todas sus fuerzas en el ojo derecho. Fué un buen golpe, duro y limpio. El otro cayó semi-inconsciente.
- ¡Sois un atajo de mariconas¡ - les gritó Tomás -¡VENID¡
Los otros dos caminaban en círculos alrededor de él. Parecían hienas alrededor de un lobo.
De pronto los dos se avalanzaron sobre Tomás a la par.Logró cojer a uno y retorcerle el brazo, pero sintió una punzada metálica en las costillas.Le habían pinchado. Aquél pedazo de mierda le había pinchado.
Le dolió. Un dolor frío y metálico, mil veces peor que un dolor de muelas. Pero no soltó su presa, siguió retorciendo el brazo a aquel cabronazo.El chico berreaba como un cordero en el matadero. Tomás oyó como crujía el hombro. Se lo había roto.
El jefecillo hizo una finta y le volvió a pinchar en el vientre, aún sangraba por la nariz.
Tomás cayó al suelo de rodillas. Aquél pinchazo sí que le dolió. Siempre había leído que los balazos en el vientre eran lo más doloroso. ¡Joder si quemaba aquello¡
Se llevó las manos al vientre. Nunca había visto tanta sangre. Y aún menos tanta sangre saliendo de él. No parecía que un hombre pudiera tener tanta. Y olía. Olía a algo pastoso, a alguna salsa de especias que había probado algúna vez, o algún plato chino.
Los chicos se levantaron asustados cuando vieron toda aquella sangre. Miraron alrededor buscando testigos pero allí no había nadie y cada vez había menos luz.
El sol no quería saber nada del asunto.
Hulleron como ratas dejándolo ahí tirado.
Tomás se echó suavemente en tierra. Sentía cómo su vida se escapaba a borbotones por aquellos dos agujeros.
Se colocó mirando hacia el mar, hacia el sol. Apenas le dolían ya las heridas.
Sólo sentía no haber podido arreglar su tema con Amanda... y su bebé. Sobre todo su crío. Su padre muerto por tres niñatos en un malecón, pensó. No era nada de qué estar orgulloso.
¡¡Si solo pudiera verlo un par de segundos¡¡
Alzó la vista. Ahí seguían las gaviotas, berreando y cagando. Una se posó cerca y le miró.
Se acercó a Tomás. Le observó con curiosidad. Pronto se cansó y se dió la vuelta en busca
de algo más interesante. ¡Ellas sí que conocían el secreto¡ Al menos caminaban como si lo conocieran.
Echó a volar.
Tomás tenía las manos delante de los ojos. Se fijó en sus manos. Echó otro vistazo a sus lineas.
Efectívamente, si parecía tener una linea de vida corta. Pensó en la gitana. Encima pagó por ello.
- ¡ Maldita vieja bruja¡ - dijo entre dientes
jueves, 11 de diciembre de 2008
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